¿Qué es la Quiteñidad?

La capital de los ecuatorianos experimenta una sensación diferente al resto de las ciudades del país en el mes de diciembre, el cual inicia con las sonadas Fiestas de Quito, las que celebrando la fundación española le dan a la ciudad un abre boca de celebraciones en un mes festivo, con una semana cargada de actividades y festejos propios de una metrópoli que vive y palpita al ritmo del “Quito un edén de maravillas”, “el chulla quiteño”, los campeonatos del popular juego del 40 – dícese que fue inventado en Quito por quiteños – desfiles, actividades culturales, conciertos y festejos por doquier.

Pero es justamente en estas fechas que la palabra “quiteñidad” es explotada en su máxima expresión, es así que las autoridades locales, los medios de comunicación y el eco popular la usan casi como un slogan de fiesta, pues en algún momento hemos escuchado, asistido, o participado de eventos tales como: el desfile de la quiteñidad, la feria de la quiteñidad, las fiestas de la quiteñidad, la otrora y recordada minga de la quiteñidad, además es en la sesión solemne de cada 6 de diciembre donde las autoridades locales apelan a la quiteñidad; ¿pero entendemos qué es, de donde nace y cuál es su verdadero significado?

Existe un dato curioso y tiene que ver con el hecho de que la ciudad de Quito fuera fundada dos veces antes de su fecha oficial y en lugares distintos a su lugar natural, todo debido a las complicaciones que los conquistadores encontraron en el camino hacia la mitad del mundo, pues la férrea resistencia indígena y la necesidad jurídica de los españoles de reafirmar la conquista y establecer supremacía sobre estos territorios, le obligaron al mariscal Diego de Almagro a fundar el 15 de agosto de 1534 la primera villa española en las actuales tierras ecuatorianas sobre la llanura de Riobamba, a la que nombró Santiago de Quito. La segunda fundación se dio en esa inexistente y desconocida villa de Santiago, lugar en el que Almagro fundó la villa de San Francisco de Quito, un 28 de agosto de 1534, claro está que en ninguna de estas fundaciones los cronistas de la época mencionan al conquistador Sebastián de Benalcázar.

Serían tres meses después, un domingo 6 de diciembre de 1534, cuando Sebastián de Benalcázar, un extremeño casi desconocido, junto a un grupo de aproximadamente 800 conquistadores, decidieron fundar Quito, “en el sitio y asiento donde está el pueblo que en lengua de indios llaman Quitu”, respondiendo a lo que Diego de Almagro les había dispuesto, pues fue precisamente a las faldas del activo volcán Pichincha y a una altura de 2800 metros sobre el nivel del mar, sobre las cenizas de una ciudad señorial que el General Rumiñahui prefirió quemar antes que dejarla con todo su señorío y riqueza a los invasores; este lugar que tomaron por la fuerza, un valle inclinado que tenía una compleja topografía, pero que al ser la ciudad donde nació Atahualpa el rey-emperador inca y la tierra escogida por su padre Huayna Capac como lugar de residencia y de gobierno central administrativo de su gran impero, era la ciudad que debía ser tomada, fundada y sobre todo utilizada como asentamiento español y centro de operaciones militares de este limitado, pero ambicioso grupo de conquistadores.

Pero la quiteñidad no aparece con la conquista, posiblemente es sinónimo de ese afán indígena casi obsesivo por defender a Quito de los conquistadores incas primero y españoles después, de proteger sus vestigios y su esencia pre incaica y milenaria por parte de esos ejércitos, que para la víspera de diciembre de 1534 y que al mando del general Rumiñahui la protegieron empeñando su sangre y sus vidas, finalmente el general defensor de Quito prefirió quemarla antes que entregarla intacta a la invasión.

Fue precisamente la fusión de esas dos culturas – la indígena y la española – la que cual partera de un proceso violento y sangriento como fue la conquista, le dio al mundo una civilización diferente y única, que como tierra fértil sirvió para el florecimiento de un mestizaje que trajo consigo nuevas costumbres, usos, prácticas y tradiciones, pues como toda mezcla unió la esencia y lo mejor de cada linaje, enriqueciendo los saberes, aportando conocimientos, técnicas y artes manuales, que basados en el conocimiento ancestral y las nuevas técnicas constructivas que el viejo continente aportó para la época, dio origen a esos artesanos, pintores, escultores, constructores, hombres y mujeres que edificaron una ciudad barroca fortalecida en la piedra, el tapial y el barro cocido, con sus templos, iglesias, casonas adornadas con balcones y patios andaluces, todos salieron de ese nuevo imaginario mestizo para teñirlos de blanco y azul añil y adornarlos fastuosamente en madera y pan de oro.

Quito y su quiteñidad aparecen o renacen como el ave fénix del fuego de Rumiñahui, las cenizas de Atahualpa y la fusión de la sangre española con la indígena, de sus prácticas que dieron origen a nuevas tradiciones y costumbrismos propios de Quito y sus habitantes, que solo se ven y se viven en su centro y sus periferias, en lo urbano y lo rural, es sus barrios y sus parroquias, en sus calles y en sus plazas, en su gente y en su cultura. Por eso festejar la conquista es mal visto por quienes exigen que lo que realmente se debe exaltar a inicios de cada diciembre, es un culto a aquellos que resistieron y la lucharon por protegerla del invasor español.

Entender que es la quiteñidad es conocer a la ciudad en su esencia, es saber que Quito entre sus laderas y su valle emana una fuerza energética que la hace única, es precisamente esa esencia y esa fuerza por la que esta ciudad fue ambicionada por incas y españoles en la misma medida y con el mismo afán conquistador.

La quiteñidad en la actualidad debe expresarse en una actitud ciudadana de pertenencia, pues Quito no es unitaria, es más bien pluralista, es de todos y para todos, es de quienes nacimos aquí y de quienes llegaron y la tomaron como propia ayer, hoy, mañana y siempre; por lo tanto la quiteñidad nace con quien ve su primera luz en este hermoso valle inclinado, pero también con quienes naciendo fuera de sus fronteras, al llegar a esta ciudad descubren la luz amándola y convirtiéndola en su hogar, o de aquellos que se van pero se la llevan como un recuerdo imperecedero; la ciudad de Quito es una buena madre que a todos acoge y recibe sin distinción o discriminación alguna, por eso estamos seguros que el verdadero significado de la quiteñidad radica en el compromiso que tenemos como sociedad, siendo actores públicos, o privados, como autoridades o individuos, a dar lo mejor de cada uno, a aportar con nuestro trabajo o nuestra gestión para que esta ciudad, su entorno, su estructura, su patrimonio y su modernidad, sus vestigios y su herencia convivan en armonía, para entregar a esta ciudad un espacio de convivencia donde nuestra quiteñidad nos defina como seres productivos, progresistas, tolerantes de las diferencias, pero principalmente como hombres y mujeres respetuosos de la verdad, la libertad y las buenas costumbres.

Dr. Edgar Jácome @EdgarJacomeT #QuitoVuelveaSoñar

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